La “revolución de octubre”: ¿Entre la crisis de la democracia y la ciencia de la deliberación?

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La “revolución de octubre”: ¿Entre la crisis de la democracia y la ciencia de la deliberación?

Que haya más oportunidades que nunca para que los ciudadanos expresen sus puntos de vista puede ser, contra intuitivamente, un problema para la democracia. Si antes el problema era la falta de información, hoy lo es su exceso. La sobreabundancia de información no sólo sobrecarga a los ciudadanos, sino que, también, a los políticos y a los responsables de las políticas públicas. Esta sobrecarga ha venido acompañada por un marcado declive en la civilidad, en la complejidad de los argumentos, y en nuestra capacidad de dialogar, poniendo a la democracia en crisis.

Cuando las interacciones entre los ciudadanos y los representantes electos pierden calidad cívica, la confianza en las instituciones democráticas disminuye. Cuanto más polarizados y poco dialogantes sean los entornos políticos, menos ciudadanos escucharán el contenido de los mensajes y más dejarán de participar en política[1]. Disminuir la complejidad de los argumentos significa un creciente desajuste entre las soluciones simples ofrecidas por los líderes políticos y la complejidad de los problemas reales.

Este declive se combina con la política de la post-verdad y el reemplazo de los hechos y la evidencia por las fake news, como se distingue en la cobertura de las protestas de las últimas semanas: los saqueos son sinónimo de “caos social”, y se promueve el miedo y la desconfianza. De este modo, se respira incertidumbre y la inseguridad provoca hambre de autoritarismo en las personas.

A partir de lo anterior, el comportamiento poco cívico por parte de las élites políticas, los estallidos de violencia, y la comunicación masiva con rasgos patológicos se refuerzan mutuamente. ¿Cómo rompemos este círculo vicioso? Pedir a las élites que se comporten mejor es inútil mientras exista un público dispuesto a ser polarizado. Para romper este círculo, cualquier respuesta debe involucrar a ciudadanos comunes y corrientes; Pero ¿Estamos a la altura de la tarea? La evidencia científica sobre la “democracia deliberativa y vinculante” ofrece razones para pensar que sí, pese a que la política “real” esté actualmente lejos del ideal deliberativo. En este sentido, la evidencia apunta a que esta brecha sí puede cerrarse y es, a nuestra opinión, la única respuesta posible a la llamada “revolución de octubre”.

Qué nos dice la ciencia de la democracia deliberativa

En ciencia política existe una larga tradición de investigación por encuestas cuyas conclusiones son más bien escépticas respecto a la competencia ciudadana. Las afirmaciones que las personas votan principalmente guiadas por la identidad de grupo, ajenas a las razones a favor o en contra de los candidatos o de las políticas que proponen [2], pueden alimentar los argumentos en contra de la democracia y en favor de, por ejemplo, una “epistemocracia” o gobierno por parte de las elites “más sabias” o de los grupos “más instruidos”[3]. Más aún, estas investigaciones son “monológicas”, en el sentido que sólo obtienen evidencia sobre la capacidad para razonar sobre política de individuos aislados.

La investigación psicológica, al contrario, muestra que el razonamiento individual puede mejorar bajo las condiciones sociales correctas; por ejemplo, en un contexto de diálogo en donde se presenten puntos de vista alternativos. Por lo tanto, la investigación centrada en individuos aislados no responde al aspecto novedoso de la crisis contemporánea de la democracia, que es una crisis de comunicación, no de razonamiento individual, cuyas virtudes y fallas se mantienen como siempre lo han estado.

La ciencia de la democracia deliberativa busca evidencia sobre las capacidades de los ciudadanos cuando participan en el diálogo democrático, no sobre cómo responden como individuos aislados, como en el caso de enfrentarse a las preguntas de una encuesta. Además de centrarse en el conocimiento individual, la democracia deliberativa también incorpora la participación inclusiva que abarca a los ciudadanos y líderes, la justificación mutua, la escucha, el respeto, la reflexión y la apertura a la persuasión. Las personas comunes son capaces de deliberar con alta calidad, especialmente cuando los procesos deliberativos están bien organizados: es decir, cuando incluyen la provisión de información equilibrada, el testimonio de expertos, y la supervisión de un facilitador.

La democracia deliberativa, asimismo, ha generado evidencia que refuta muchas de las afirmaciones más pesimistas sobre la capacidad de los ciudadanos para emitir juicios sólidos. Por ejemplo, las afirmaciones que la mayoría de las personas no quieren participar en la política resultan ser falsas una vez que se ofrece la posibilidad de participar en una deliberación significativa. Dada la oportunidad de deliberar con los conciudadanos y políticos, la mayoría de las personas desea aprovechar la oportunidad; además, “aquellos que están más dispuestos a deliberar son precisamente aquellos que están rechazados por la política partidista estándar y de grupos de interés”[4].

Del mismo modo, la deliberación puede ser efectiva en sociedades donde grupos étnicos, religiosos, o ideológicos han encontrado históricamente su identidad al rechazar la identidad del otro. En este sentido, la deliberación promueve la civilidad y complejidad argumentativa. La evidencia en lugares como Colombia, Bélgica, Irlanda del Norte, y Bosnia muestra que una deliberación adecuadamente estructurada puede promover el reconocimiento, la comprensión, y el aprendizaje[5]. Más aún, dichos ejemplos también demuestran que la deliberación promueve el juicio ponderado y contrarresta medidas consideradas como “autoritarias” y ‘populistas’ a través de la discusión de juicios más consistentes con los valores que los individuos encuentran que tienen después de la reflexión.

La evidencia ha demostrado que el nivel del debate es de alta calidad en contextos deliberativos. Este fue el caso de “EuroPolis”, encuesta deliberativa desarrollada en Europa luego de las elecciones regionales parlamentarias de 2009. Considerando el entorno multilingüe y pese a tratar temas controversiales como la inmigración y el cambio climático, mostró que “los estándares de la deliberación clásica están lejos de ser estándares utópicos que sólo muy pocos ciudadanos pueden lograr” [6]. Elementos como la buena razón para dar y la escucha respetuosa estaban presentes y se reforzaban mutuamente. De hecho, los cambios de opinión siempre respondieron a argumentos bien justificados. Además, demostró que los ciudadanos que deliberan pueden contrarrestar la manipulación de la élite y de los medios de comunicación.

Implementación

Para los científicos sociales apegados a una descripción ‘monológica’ de la (in)competencia ciudadana, la democracia deliberativa puede parecer utópica e ingenua en un mundo cargado de poder, intereses, manipulación, y demagogia. Sin embargo, la investigación empírica respalda las afirmaciones clave de la teoría democrática deliberativa (aunque no sin crítica), permitiendo que la democracia deliberativa se despliegue tanto en el diagnóstico de los problemas sociales como en el desarrollo de respuestas.

Si vamos a ejemplos concretos, varios Estados han optado por experimentar con incorporar la deliberación a espacios institucionales. Existe un catálogo disponible en https://participedia.net/. Sin embargo, destacamos los casos de países tan distintos como Irlanda e India. El primero es el caso de la Convención Constitucional de Irlanda y la posterior Asamblea de Ciudadanos, que se convocaron para deliberar sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto, y otras cuestiones constitucionales. Dicha convención contó con una mayoría de ciudadanos laicos y una minoría de políticos. El segundo caso, India, es probablemente donde se encuentra la que es posiblemente la mayor institución deliberativa del mundo, como son las asambleas de aldea (Gram Sabhas) ordenadas por el Estado.

Matucana 100. Cabildo Cultural Ciudadano (Santiago, Chile).

En un sentido semejante, se puede considerar el proceso de deliberación constituyente impulsado en Chile por el gobierno de Michelle Bachelet en 2016. Sin perjuicio que no haya alcanzado su objetivo, por razones que, sin duda es necesario discutir (como su débil carácter vinculante), esta iniciativa da luces respecto a una posible salida del actual conflicto. Los encuentros auto-convocados y los cabildos abiertos son precisamente el tipo de espacios deliberativos que Chile requiere para perfeccionar su sistema democrático, como muestra consistentemente el informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) de 2017 sobre participación ciudadana[7].

Pistas hacia un proceso constituyente

La instauración de un proceso de constituyente es, precisamente, uno de los cauces institucionales de la democracia deliberativa. Sin embargo, ¿Cómo se pueden asegurar los efectos positivos de la deliberación en públicos más grandes, como en el caso de una Asamblea Constituyente? Para evitar crear instancias que no sean simplemente otra forma de reunión sólo para las élites, la clave está en crear distintas instancias deliberativas. Un sistema deliberativo propiamente tal involucra múltiples espacios para la deliberación, como ejecutivos, legislaturas, foros de ciudadanos, medios, y reuniones informales. El carácter vinculante de estos espacios depende de la presión que ejercen los movimientos sociales sobre el Parlamento, los argumentos que los expertos presentan a los líderes políticos, los panelistas y argumentos que presentan los medios de comunicación teniendo en cuenta narraciones y la experiencia personal, entre otras instancias.

La introducción de elementos deliberativos a veces puede ralentizar la toma de decisiones, pero también puede generar soluciones inteligentes y sostenibles. Una mejora importante del sistema deliberativo implicaría mejorar los momentos y los sitios de escucha y reflexión e integrarlos en los procesos políticos que están actualmente abrumados por un exceso de expresividad [8]. Tales momentos pueden involucrar a un panel de ciudadanos seleccionados al azar para deliberar sobre una pregunta de referéndum y luego publicitar sus evaluaciones a favor y en contra de una medida. Asimismo, se podrían involucrar intercambios deliberativos más directos a través de cabildos ciudadanos o entre representantes y grupos de ciudadanos, algunos seleccionados al azar, iniciados por miembros independientes del Parlamento.

Se pensó y se hizo, tecito rebelde en plena avenida Arturo Prat. ¿Lo repetimos? Cerca de 400 personas nos tomamos la calle a tomar te a protestar y conversar #iquique #ChileDesperto pic.twitter.com/VBwHX65Gmw

— Pablo Zambra Venegas (@veganpablo) November 1, 2019

Los medios de comunicación juegan un papel importante en los sistemas deliberativos, a menudo amplificando la política poco cívica y la comunicación con rasgos patológicos. Sin embargo, el problema no son las redes sociales en sí, sino cómo se implementan y organizan. Es necesario implementar algoritmos que consideren a los medios de comunicación como una plataforma política y no meramente social. Sabemos que los ciudadanos deliberan mejor cuando el contexto es correcto.

Los medios de comunicación podrían incorporar un algoritmo que evaluara las fuentes de noticias por su confiabilidad, contrarrestando así la información errónea (o intencionadamente falsa, como los fake news)[9]. En Europa por ejemplo, el movimiento #Ichbinhier aplica estándares de argumentación y civilidad basados en evidencia.

Debido a que la importancia de los momentos deliberativos radica en lo que pueden hacer por el sistema en su conjunto, existe una necesidad apremiante de traerlos desde los márgenes y hacerlos una parte más familiar de la práctica política. Cuando estos procesos han llegado a las instituciones políticas, como en el caso de la Convención Constitucional y la Asamblea de Ciudadanos de Irlanda, ayudaron a que las interacciones en el Dáil (parlamento irlandés) fueran más deliberativas y menos demagógicas. Incluso si los momentos deliberativos son traídos desde los márgenes, es importante mantenerse alerta contra los incentivos para que los gobiernos los utilicen como cobertura mediática para esconder malas prácticas, o para que grupos de presión los subviertan y dejen de lado sus recomendaciones.

Un cambio deliberativo positivo más amplio puede ocurrir de varias maneras. El caso irlandés muestra que la confianza vacilante en el gobierno y la desafección pública pueden incentivar a los gobiernos a participar en las deliberaciones de los ciudadanos para legitimar el cambio de política. Alternativamente, las protestas masivas de la sociedad pueden inducir a los gobiernos a ofrecer diálogos ciudadanos, como en el caso del proyecto “Stuttgart 21” para reconstruir una estación de tren en la ciudad y a la posterior reforma que estipula a la deliberación ciudadana como obligatoria en el contexto de grandes proyectos de infraestructura. Los ejercicios locales que tienen el potencial de promover una amplia difusión de normas deliberativas, como respuesta a su incapacidad para superar los problemas sociales o hacer frente a los efectos negativos del desarrollo económico.

Es raro que el desarrollo deliberativo ocurra espontáneamente en tales casos. En este sentido, cobran importancia las voces ciudadanas auto-convocadas en cabildos abiertos y agrupadas en redes sociales. Las perspectivas de un despliegue positivo son buenas en la medida en que los académicos y personas que promueven la deliberación han establecido relaciones con líderes políticos y públicos, en oposición a la desesperación que puede provocar una crisis. La ciudadanía es bastante capaz de una sana deliberación. Pero la democratización deliberativa no sucederá sola: requiere de voluntad política, presión de los movimientos sociales, y de procesos institucionales y vinculantes.

Queda mucho por hacer para refinar los resultados de los estudios y traducirlos a la práctica política. Idealmente, la reconstrucción política debiera en sí misma ser deliberativa y democrática, involucrando a las ciencias sociales, ciudadanos y líderes competentes en una amplia renovación política.

Artículo original de John S. Dryzek y colegas. Publicado el 15 de marzo de 2019 en Science (Vol. 363, Núm. 6432).

Traducción y adaptación por Camila Mella (@camilamella_s)

Juan Diego Galaz (@jndgalaz).

 

[1] J.N.Druckman et al.,Am.Polit.Sci.Rev.107,57 (2013).

[2] C. H. Achen, L. Bartels, Democracy for Realists: Why Elections Do Not Produce Responsive Government (Princeton Univ. Press, 2016).

[3] J. Brennan, Against Democracy (Princeton Univ. Press, 2016).

[4] M.A.Neblo, K.M.Esterling, D.M.J.Lazer, Politics with the People: Building a Directly Representative Democracy (Cambridge Univ. Press, 2018).

[5] J.E.Ugarizza, D.Caluwaerts, Eds., Democratic Deliberation in Deeply Divided Societies: From Conflict to Common Ground (Palgrave Macmillan, 2014).

[6] M.Gerberetal., Br.J.Polit.Sci.48,1093(2018).

[7] OCDE, Chile, Scan Report on the Citizen Participation in the Constitutional Process OECD Public Governance Reviews 2017, disponible en http://www.oecd.org/gov/public-governance-review-chile-2017.pdf

[8] S. Ercan et al., Policy Polit. 47, 19 (2019).

[9] G. Pennycook, D. G. Rand, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 116, 2521 (2019).

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