En defensa de mi Parto

En defensa de mi Parto

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En defensa de mi Parto

Como enfermera matea y rigurosa planifiqué con mi mente y corazón cada momento de mi parto. Me visualicé muchas veces pariendo en cuclillas, sostenida en mi compañero, en un ambiente cálido y familiar.
Convencida de que el parto es una experiencia normal de la vida, no un evento médico que debe ser temido, tranquilamente me entregué al dolor engrandecedor de las contracciones que tempranamente se iniciaban a las 35 semanas de embarazo. No permití que el miedo ni mis conocimientos técnicos respecto del parto prematuro se apoderaran de mí. Nos conocíamos con mi cachorro desde hace 7 meses, nada podía fallar.
Sin embargo, jamás imaginé que violentamente una mujer, sí, una mujer igual que yo, robaría mi parto. Desconozco sus razones y a esta altura tampoco me interesan. Sólo puedo mencionar que sus acciones provocaron un dolor tan grande, que aún duele.
Casi sin darnos cuenta, lo que debía ser maravilloso y natural, se transformó en una pesadilla.
Ingresé a la maternidad de una reconocida clínica santiaguina con cuatro centímetros de dilatación. Luego del papeleo de rigor, que en total demoró treinta minutos, la matrona realizó un segundo tacto vaginal. Como olvidar sus palabras, carentes de amor y delicadeza: “Mira tú, ya tienes seis centímetros, pensé que sólo estabas nerviosa”
Fue la primera cachetada del día. ¿Cómo no iba a estar nerviosa si había viajado desde Valparaíso, acostada para evitar la rotura de membranas y me enfrentaba a una desconocida llena de prejuicios sobre mí? Sentí pavor.
De un momento a otro estaba conectada a un suero con ocitocina artificial y a la anestesia. Me apena recordar que fui incapaz de hablar y exponer mi deseo de permitirle a mi cuerpo manifestarse.
Había transcurrido una hora desde mi ingreso y tenía ocho centímetros de dilatación. Fue entonces cuando los miembros del equipo médico empezaron a organizar almuerzos y juntas familiares porque “la guagua saldría luego”. Sentí que debía cumplir con las expectativas de otros. Dejamos de ser protagonistas, o mejor dicho, nunca lo fuimos. El nacimiento de nuestro primer hijo era un trámite.
En medio de todo el estrés, me refugié en el sonido fuerte y claro de los latidos cardíacos de mi niño. Era imposible no tener fuerzas si mi hijo, aún dentro de mí, me demostraba el milagro de la vida.
No tengo idea de cuantos tactos vaginales me realizaron. Sólo sé que fueron muchos y con cada uno, mi sensación de desamparo aumentaba.
“Debes pujar con la fuerza abajo, no con la cara” agregó la matrona. Con mi compañero nos miramos y empezamos a ensayar “el pujo con la fuerza abajo”.
Ya tenía diez centímetros y la emoción se apoderaba de mí. Por fin vería a mi guerrero, pero, ¿Cómo podía pujar con la fuerza abajo si desconocía mi cuerpo?
Traté de conectarme con mi cuerpo, con mi hijo, con mi ser mamífero, no obstante los gritos y el anestesista arriba de mi abdomen no me permitían escucharme. “Puja, puja, saca a tu guagua, la enfermera no sabe pujar”. Cada segundo que pasaba me sentía más pequeña, insignificante y sin ningún poder. Me fui a negro.
Cuando reaccioné, una matrona de neonatología me susurra al oído “vamos mamita, saca a tu guaguita, tú puedes”.
Miré a mi marido y fue la luz en medio de la oscuridad “lo estás haciendo perfecto” me dice.
Finalmente y luego de dos horas treinta minutos de trabajo de parto y mediante un fórceps, nació mi Iñaki. Desde lejos lo vi tan pequeño, desvalido, pálido y respirando agitado.
A gritos exigí que lo pusieran en mi pecho. Cuando el médico neonatólogo lo autorizó, mi pequeño sol apenas respiraba.
Han pasado casi 19 meses desde aquel día. Afortunadamente mi hijo es un niño sano y feliz. Mis heridas ya han cicatrizado y no sólo me he perdonado, sino que también tengo la fuerza para decirle a todas las mujeres que EL PARTO ES NUESTRO.

Foto: Flickr cc

fuente: Ange_arenass En defensa de mi Parto

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