A propósito de #chaocajitafeliz – reflexiones (acádemicas) desde la experiencia con la...

A propósito de #chaocajitafeliz – reflexiones (acádemicas) desde la experiencia con la comida

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A propósito de #chaocajitafeliz – reflexiones (acádemicas) desde la experiencia con la comida

Este es un post invitado de Jaime Verdugo

Me tenté de escribir esto principalmente motivado por 3 cosas: la primera es la campaña de #chaocajitafeliz que creo es fundamental avanzar en la conciencia generalizada de que la comida chatarra mata. Me imagino que hace unos pocos 20 o 25 años, cuando empezaron las voces de que el tabaco mataba, existieron los mismos mensajes y las mismas dificultades para crear conciencia. Incluso, sería aún más difícil sin herramientas como Twitter y otras redes sociales. Hoy nadie cuestiona que en un hospital no se pueda fumar, así como en los aviones o incluso dentro de un mall; espero que ocurra lo mismo en este sentido.

La segunda razón es porque hace muy poco estuve en una clase de prevención y control del cáncer donde conocí a fondo la evidencia que nos permite decir con toda propiedad que la obesidad mata: no es que no lo supiese (o creyera saberlo) pero cuando te muestran los números la propiedad con lo que lo dices cambia. Y por último, pero no por eso menos importante, porque en mi condición de (ex)gordo me llega y me hace mucho sentido lo que les quiero compartir. Pongo el (ex) entre paréntesis porque actualmente no tengo un IMC sobre lo normal, pero como lo profundiza muy bien mi amigo en su blog, un gordo podrá dejar de pesar mucho, pero no puede dejar atrás la esencia de ser gordo (“Confesiones de un (ex)gordo” http://martin.gerlach.cl/blog/).

Es difícil que un flaco entienda lo que significa ser gordo, “compadre, es cosa de cerrar la boca y ponerse a hacer ejercicio” es una frase que uno escucha a diario y con esa misma frecuencia dan ganas de matar a quien la dice. No es tan así la cosa y les voy a contar por que.

La relación de un gordo con la comida es una relación patológica, esta cargada de culpa, frustración y tentación, es una droga altamente adictiva, muy difícil de rechazar y de abandonar, los deseos de comer del gordo no se acaban con el hambre, sino cuando ya no queda comida, y no sólo en el plato, sino que ya no existe acceso rápido a ésta.

¿Por qué hago toda esta introducción un poco latera? Porque sin ser experto en ciencias del comportamiento, me impresiona que esta relación patológica viene de cómo nos han enseñado a comer y les pido a todos aquellos más entendidos en el tema que me corrijan si alguno de mis puntos les parece aberrante.

Imagínense al ser humano en los primeros años de nuestra especie, pseudohumanoides levemente menos inteligentes que los actuales representantes de nuestra especie (salvo honorables excepciones) lidiando con este problema; dudo que nuestros antecesores tuviesen horas definidas de comida, por lo que el proceso de comer se daba a lo largo de todo el día, regulado únicamente por nuestro reloj biológico, hoy denominado “hambre”.  Si tenía hambre, comía (si encuentro que comer) si no tenía hambre, no comía y punto. En abundancia, la recolección era un momento idóneo para el consumo de granos y semillas y nadie se espantaba porque comían a deshora ya que no existía las “horas de comer”.

Al pasar el tiempo y crecer nuestros cerebros pudimos modificar nuestro ambiente para hacer mas amigable y “fácil” de vivir, pero paradójicamente esta inteligencia nos hizo manipular nuestro entorno más rápido de lo que nuestra fisiología evolucionaba. Esto nos llevo a tener un sistema diseñado para la escasez viviendo en la abundancia. Esta misma inteligencia nos obligaba a distribuir nuestros horarios para cumplir con las tareas asignadas y evolucionamos hasta llegar a lo que hoy creemos es normal. De esta forma hemos tenido que enseñarnos a comer, ponernos normas de comportamiento, pero con la paradoja de que si no tiene hambre, dado que es la hora de comer, comemos, y si tiene hambre dada la abundancia y el fácil acceso… también comemos. Así no se puede. De hecho, con el afán de lograr la adherencia a estas reglas “normales” de comportamiento hemos transmitido algunos mensajes bien confusos a lo largo de generaciones que pueden explicar, de algún modo, esta relación patológica que les mencionaba inicialmente.

¿Quien no ha escuchado la triste historia (que de verdad es triste) de los niños de algún país africano que no tienen nada que comer y que debido a eso tu DEBES comerte toda la comida? Los invito a recordar que es lo que pensaron las primeras veces que escucharon eso, antes de que la culpa se les metiera en la cabeza… “Mamá, toma esta comida que yo no quiero y démosela a esos niños porque yo no tengo hambre”. Y aunque parezca poco importante piensen en como esas frase inocentes van llenando de culpa al niño que no quiere comer y que debe comer, no sólo para recuperar la libertad (no te paras hasta que vacíes el plato) y poder ir a jugar, sino que para no frustrar a su madre (“una por la mamá”) o a su padre (“la última por el papá”) o para aminorar la angustia que les traspasamos por esos niños que mueren de hambre.

Hemos logrado un sistema que obliga a que la hora de comida sea lo más corta posible; ¡ojalá les pudiésemos poner una sonda a los cabros, meterles la porción (que creo es la correcta) y no tener que lidiar con el mounstrito que no quiere comer y es de “pura maña”! El peor mensaje que le podemos dar a un niño con respecto a la comida es “cómete todo y apúrate” cuando lo primero que se indica para aquellos que hemos luchado toda la vida con el temido sobrepeso es “coma lento y no como más cuando ya no tenga hambre”. La primera consigna solamente responde a las ansias y creencias abuelísticas de que los niños gorditos eran más fuertes, que tenían que comer harto para ser fuertes – incluída la cáscara donde “está toda la vitamina”.

No he podido tener una respuesta científica del por qué comemos a las horas que comemos, probablemente porque no soy antropólogo, pero si les puedo decir que el problema del sobrepeso va más allá de cerrar la boca y hacer deporte. Existe una cadena causal que escasamente podemos esbozar y malamente podemos alterar. Es una pelea que estamos perdiendo, no sólo contra la enfermedad como tal, sino contra aquellos actores que permiten que estos circuitos castigo/recompensa perduren y se fortalezcan. No soy experto en nutrición infantil, pero a partir de enero tendré un ser humano para experimentar (jejeje) y espero no transmitirle ningúna de estas “mañas” y evitarle una relación patológica con la comida que de seguro tendrá consecuencias. Sólo piensen en lo que significa para un niño que esta en lo mejor del juego, lo interrumpimos, lo sentamos con las manos lavadas, le ponemos comida en abundancia (cuantos de ustedes sirven los platos con porciones medida?) y condicionamos su libertad para jugar a que vacíe el plato, aunque no le quepa más comida! Pese a que no tengo evidencia no me cabe duda a que eso regula y adecua nuestros circuitos dopaminergicos de castigo/recompensa en el sentido equivocado.

Lo anterior esta basado en la lectura de la siguiente literatura entre muchos otros, lo aprendido en el último curso de prevención y Control del Cáncer del National Cancer Institute de Estados Unidos y mi experiencia personal. Cualquier comentario será muy bienvenido.

 

Jaime Verdugo, médico, epidemiologo en formación. Actualmente trabajo en el Ministerio de Salud y tengo interés en la investigación y elaboración de políticas públicas destinadas a la prevención y control del cáncer en el país. Soy un respetuoso de la medicina basada en la evidencia.

 

fuente: Invitado A propósito de #chaocajitafeliz – reflexiones (acádemicas) desde la experiencia con la comida

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