Contexto histórico y social de la profesión farmacéutica

Contexto histórico y social de la profesión farmacéutica

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Contexto histórico y social de la profesión farmacéutica

He decidido publicar en este blog este discurso relacionado a mi profesión porque creo que, aunque escrito en 2010, debería tener validez siempre pues precisamente hace referencia a los cuestionamientos que, como profesionales responsables, nos deben acompañar durante toda la historia. Vaya entonces un saludo a todos mis colegas farmacéuticos de Chile, los presentes, los pasados y los futuros!
Un profesional existe para servir a la sociedad en la que está inserto. Ese es su origen histórico, social y organizacional. Esa es su razón de ser y la razón por la que su labor es remunerada: porque otras personas consideran que su actividad es importante, valiosa y que se debe estimular. Por lo mismo y como conclusión inmediata, es la sociedad la que juzga si un profesional está cumpliendo adecuadamente su labor o no. Es la sociedad la que juzga si un profesional es competente o no.
Al igual que otras profesiones, los farmacéuticos nacimos para satisfacer necesidades de la sociedad. De muchas sociedades antiguas. De todas las sociedades. Alguna vez y en diversas culturas nuestra labor fue desarrollada por el terapeuta: el médico, el chamán, el brujo, la machi, quien era a la vez farmacéutico; o por el alquimista y el hierbatero quienes eran, a la vez, farmacéuticos. Con el paso del tiempo nuestra actividad profesional fue identificada o distinguida de un modo más o menos similar en todo el mundo: el farmacéutico es quien conoce, identifica, aísla, prepara y dispensa las sustancias químicas para ser utilizadas sobre el ser humano con fines terapéuticos. Nótese que el fin determina claramente nuestra labor: quien no la realiza con fines terapéuticos, no es farmacéutico. 
Sin farmacéutico, la sustancia química o bioquímica puede ser mortal y es tal vez el arma más peligrosa y devastadora que pueda existir sobre los humanos y sobre todos los seres vivos que constituyen nuestro medio ambiente. No es sino el farmacéutico el que hace al fármaco, el que le infunde un motivo, un animus, el que lo convierte en salud, el que lo vuelve vida. Su labor tiene, entonces, dos sentidos: promover en todas sus acciones el uso terapéutico, o buen uso, de la sustancia química y evitar, en todas sus acciones, el mal uso de ésta. Esto último nosotros, los farmacéuticos, nunca debemos olvidarlo. 
Volviendo a la historia, ésta siguió su curso imperturbable, y el gremio farmacéutico vio pasar frente a sus ojos la revolución industrial, el triunfo del capitalismo como sistema económico, la revolución de las telecomunicaciones, de la informática, la centralización de los servicios, la globalización y, en los últimos años, la revolución social que está generando Internet, que tiene una proyección totalmente insospechada. Qué decir de los avances de la biología y de la terapéutica propiamente tales. Y los farmacéuticos del mundo hemos visto remecida nuestra actividad e incluso nuestra identidad, con cada uno de estos giros dela historia. 
La tarea no ha sido fácil. Han cambiado nuestras labores, nuestras herramientas e instrumental, nuestras fuentes de información, nuestros lugares, nuestros ambientes y nuestros ritmos de trabajo. Pese a nuestros esfuerzos, siempre parece que llegamos retrasados a cada transformación, siendo las adaptaciones habitualmente forzadas y, en ocasiones, traumáticas (de hecho, sostengo que las universidades y los académicos somos enormes responsables de los problemas de adaptación de la profesión: si el gremio ha tardado en adaptarse a las revoluciones globales, una parte de la academia ha tardado aún más y otra sencillamente no lo ha hecho). Finalmente, cada cambio, cada revolución de las sociedades, parece haber acarreado consigo una crisis para nuestra profesión, profesión que a menudo se cuestiona su identidad, su propia razón de ser y de estar y que, más preocupante aún, periódicamente ve cuestionada la necesidad de su existencia por agentes externos, por ciertos sectores de la sociedad. ¿Son estas crisis de identidad profesional evitables? Creo que no. ¿Es este cuestionamiento social evitable? Creo que no. Más aún, considero que ambos son fenómenos sociales espontáneos y finalmente necesarios. ¿Por qué necesarios? Como señalé al inicio, las profesiones existen porque sirven, porque son útiles a la sociedad. Si la profesión no tiene una utilidad evidente, su existencia no tiene sentido y está condenada a desaparecer. Por lo mismo, la sociedad exige constante y legítimamente evidencias de utilidad y de ejercicio competente. Nos presiona, como el ambiente presiona a las especies para que expresen su adaptabilidad o mueran. Pero ¿en qué se basa la sociedad para considerar a un profesional competente y necesario? Es simple: en el contraste entre la actividad visible del profesional y la expectativa que de él tiene. Cuando la sociedad no detecta la actividad profesional o cuando la actividad profesional y la expectativa sobre ésta se disocian, la sociedad duda de la utilidad de una profesión. Tal ha sido nuestro caso tras cada revolución histórica y tal es nuestro caso hoy mismo. 
No analizaré en este discurso la necesidad de que exista en las sociedades humanas un profesional que conozca, identifique, aísle, prepare y dispense las sustancias químicas para ser utilizadas sobre el ser humano con fines terapéuticos, puesto que ello escapa al objeto y posibilidades de este espacio. Tampoco me extenderé en las posibles estrategias de acciones individuales y colectivas que podemos realizar para abordar problema del cuestionamiento social actual. Lo que pretendo solamente ahora es instarlos a reflexionar sobre lo natural que es este cuestionamiento de parte de la sociedad y sobre lo necesario que es, pues siempre es legítimo en sus intereses. Del mismo modo, quiero invitarlos a sentirse ennoblecidos por tener que enfrentar este tipo de desafíos pues significa que ustedes son y serán responsables de mejorar la profesión, de adaptarla a los nuevos requerimientos, a las nuevas necesidades, a los nuevos riesgos que ofrecen las sustancias químicas y biológicas y a las nuevas barreras sanitarias que deberemos generar. Como a todos los seres vivos, la presión del ambiente nos ha de seleccionar y nos ha de fortalecer.
La reflexión honesta sobre nuestra identidad y sobre nuestro papel en la sociedad es sana y debería ser siempre fructífera. ¿Estamos cumpliendo nuestra labor? ¿Estamos haciendo lo que la sociedad que nos rodea espera de nosotros actualmente? ¿Estamos dando a conocer nuestra labor? ¿Nos hemos adaptado a las tecnologías, los códigos y las políticas de nuestra sociedad? ¿Estamos interviniendo lo suficiente en dichas tecnologías, códigos y políticas? ¿Son las críticas que recibimos honestas y desinteresadas?
Prefiero que nuestra profesión mantenga siempre esas dudas, que se vienen expresando desde hace décadas, antes de que caiga en lánguidas certezas que sí que la pondrían en franco rumbo ala extinción. Esas preguntas no nos deberían abandonar nunca, ni tampoco el sentido de urgencia que de ellas se genera. Les pregunto a los presentes, a quienes están cercanos a titularse: ¿son ustedes realmente expertos en fármacos? ¿lo serán cuando se titulen? Si los abraza la incertidumbre, la duda o incluso el pudor…pues me quedo tranquilo. Si tuvieran la certeza de que lo son o de que pronto lo serán, me quedaría muy preocupado. En juicios y evaluaciones personales y sociales, la certeza es a menudo soberbia, es belicosa, estéril y finalmente falsa: inevitablemente será reemplazada dentro de las sociedades por otra certeza, igualmente estéril. Su reemplazo será en algunos casos gradual, evolutivo y casi imperceptible y, en otros, violento, destructivo y traumático. 
Todas las guerras de la humanidad se han iniciado a partir de certezas sociales absolutas e intransigibles, muchas de ellas absurdas e inimaginables a oídos actuales. La duda sobre nosotros o sobre nuestro colectivo, por otro lado, nos hace humildes. La incertidumbre es conciliadora, es fértil. Promueve la tolerancia y es el camino a la creatividad, la adaptación y la superación. Las crisis de identidad que periódicamente nos azotan remueven las fatuas certezas sobre nosotros, aquellas en las que con facilidad caemos y nos devuelven las dudas saludables que sólo resolvemos, provisoriamente, recordando que estamos insertos en una sociedad que nos dice lo que representamos para ella y lo que le debemos. ¿Y si la respuesta es no? ¿Y si no estamos haciendo lo que se espera de nosotros? ¿Y si no somos lo que se espera de nosotros? Pues entonces hagámoslo y seamos. No nos detengamos en temores y lamentos. Promovamos, en todas nuestras acciones, el buen uso de la sustancia química y evitemos, en todas nuestras acciones, el mal uso de ésta. 
Actualmente circula una reflexión adjudicada a Albert Einstein en Internet, que dice lo siguiente:
“No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis, es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
¿Interesante no?
Sin embargo, existe actualmente una polémica en Internet puesto que al parecer la reflexión no es de Einstein, sino uno de los tantos textos apócrifos que circulan, escritos por un hijo de vecino que pretende difundir sus propias reflexiones. Los dejo, pues, con la incertidumbre. Para quienes dicha incertidumbre sea muy incomoda -que siempre los hay-, les dejo una reflexión que sí proviene de Albert Einstein, del libro The World as I see it (El mundo como yo lo veo), refiriendose al colectivo judío:
“Recuerden que las dificultades y los obstáculos son una valuable fuente de salud y fortaleza para cualquier sociedad. Nosotros no hubiésemos sobrevivido durante miles de años como comunidad si nuestra cama hubiese sido de rosas; de ello estoy muy seguro. Pero tenemos aún un consuelo más hermoso. Nuestros amigos no son precisamente numerosos, pero entre ellos hay hombres de noble espíritu y un fuerte sentido de justicia, quienes han dedicado su vida a la elevación de la sociedad humana y a la liberación del individuo de la degradante opresión.”
¿Interesante no?
Guido Ruíz Barría
Farmacéutico (MSc,PhD). 
Director Escuela de Química y Farmacia de la Uniersidad Austral de Chile
Nota: Este texto pertenece al Discurso de bienvenida al XI Congreso de Estudiantes de Farmacia de Chile, Valdivia 2010 y fue autorizado por el autor para ser publicado en nuestro blog con motivo de nuestro aniversario

fuente: medicamentoso Contexto histórico y social de la profesión farmacéutica

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